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Don Comegente, un ser particular E-mail
Martes, 22 de Marzo de 2011 23:20

(Por Néstor Soria)

El escenario:
Ingenio Nueva BavieraLector: Quiero que te imagines que estás parado frente al portón de aquella fábrica azucarera llamada Nueva Baviera –hoy desaparecida-. Desde tu imaginación, haz una retrospectiva a la década de 1940. Años de pobreza y postergación en esos pueblos del interior tucumano. Viviendas rancho. Calles apisonadas con carbonilla de las calderas de la fábrica. Niños descalzos. Hombres y mujeres analfabetos. Jóvenes soñando con ser mayores de edad, para conchabarse en ese infierno que comía hasta los huesos al emanar vapores ácidos.

A ver, yo te ayudo.

Origen del Nueva BavieraEl caserío rodea a esa mole de hierro oxidado, llamada ingenio. Es época de molienda (zafra de la caña de azúcar) y mientras el Baviera ruge y echa humo y carbonilla hollinosa por su alta chimenea, los carros cañeros (no carretas, como dice cierta zamba) cargados con paquetes (así se le dice al enorme atado de caña de aproximadamente 2.500 kilos) esperan frente al portón, con sus apacibles cinco mulas que lo tiran, o sea: A la izquierda, la sillera que es la que monta el carrero; al centro, la varera, sujeta entre las varas o pértigo, soportando todo el peso de la carga; a la derecha, la tronquera, tirando el carro con cadenas; y adelante de las tres, dos mulas llamadas cadeneras. A esa espera del turno para descargar, el carrero la apacigua tomando un vinito barato en el almacén cercano. Es cerca de mediodía y el sol tucumano, casi tímido en el mes de Julio, igual causa picazón en el cuero de los obreros.

La historia:
Don ComegenteAllí, en el taller de herrería del Baviera, trabajaba don Victoriano Barrionuevo, “El Comegente”. ¡Humano gigante, 2 metros! Moreno de tez. De hombros anchísimos. Pelo duro. Cabeza cuadrada sujeta al corto cuello, también rollizo. Brazos de “Piedra negra”. Voz de trueno. Calzando anteojos con mucho aumento. Luciendo un sombrero carajito y siempre, siempre, de traje con saco cruzado pero sobre una camiseta de cuello redondo, no usaba camisa, tampoco medias. ¡Ah! al cuello ataba un pañuelo a lo gaucho. Solía movilizarse en una bicicleta de color negro marca Phillips, aquellas inglesas de ruedas anchas. Su pedaleo era tan lento que sólo le permitía no perder el equilibrio.

El apodo:
El apodo le viene de boca de un compadre suyo, de Julio “El Gordo” Salas, carpintero en el plantel del ingenio.

Te cuento:
A eso de la oración, luego de que el pito del Baviera, esa estridente flauta de hierro que sonaba a vapor, avisaba a ciertos trabajadores que la jornada había terminado para ellos, Victoriano y su compadre “El Gordo” Salas, caminaban hasta la cantina del ampulosamente llamado “Club Social y Deportivo Nueva Baviera”, sitio que no era nada más que un expendio de bebidas mal destiladas, armado con tablas y con piso de tierra donde sólo cabían dos mesitas, seis silla de lata, y el cantinero; ¡Minga de heladera, caja registradora, servilletas y otros lujos, por entonces desconocidos en esa ruralidad que habitábamos lo “bavierenses”o “baviereños”.

Hoy el Club Social y Dep. Nueva BavieraUna de esas nochecitas, azuzados por el vino, los compadres se desconocieron y palabra va, amenaza viene, salieron a la calle para saldar diferencias a las piñas. En la ocasión, don Comegente estaba acompañado por uno de sus pequeños hijos, el changuito que era ahijado del “Gordo” Salas. Los dos, ¡Imaginátelos!, ciclópeos de cuerpo, se pusieron en guardia mientras  medían cada movimiento. El silencio de los otros parroquianos, mirones que nunca están ausentes, era espeso. En esa instancia, el changuito de don Victoriano se aferró a una de las tremendas piernas de su padrino y llorando le gritaba: ¡No pélie padrino, no pélie, lo va’ comé mi papá! ¡Lo va’ comé mi papá!

No pelearon. Desde entonces, cuando don Victoriano pasaba por frente a la carpintería del ingenio, el “Gordo” Salas le gritaba: ¡Que hací, come hombre! ¡Eh, que hací come hombre…! El apodo se fue modificando con el tiempo hasta convertirse en Comegente.

Soy anarquista:
En la década de 1940 El Comegente quedó cesante en el ingenio, lo echaron. Eso pasó por que, suelto de lengua, cierta vez comentó en la herrería, delante de algún alcahuete, que él era de ideología anarquista. Claro, los comienzos de aquellas explotaciones azucareras (siglo XIX), siniestras, descarnadas, inhumanas, eran pura injusticia para el obrero. Entrado el siglo XX comenzaron a organizarse los sindicatos, logro que causó durísimos enfrentamientos con incontables muertes. En esa época, el anarquismo llegaba a la Argentina con los inmigrantes italianos y de otras latitudes del mundo. Aquellos militantes se infiltraban entre el obreraje y lo aleccionaba en las luchas por reivindicaciones sociales. A eso, en juventud, lo vivió don Comegente y se sintió atraído por las ideas de libertad y odio a las patronales. El hecho es que su confesión llegó a oídos de los patrones y de un plumazo lo corrieron del ingenio.

Desde entonces, cargado de hijos, tuvo que armar un humilde taller en el patio de su casa, arremangarse y darle fuerte a la bigornia sobre el yunque. Pasó años fabricando herramientas,  cadenas para el tiro de arados de mancera, y todo cuanto se pueda hacer desde el oficio de herrero. Su fragua, alimentada a carbón de hulla, siempre estaba encendida. En un rincón del amplio patio cultivaba verduras, cuidaba un par de naranjos, una parra de uva mato (Chinche), criaba aves de corral y hasta atesoraba una vaquita lechera.

Lo curioso era el modo en que alimentaba a su numerosa prole. A media mañana ponía una gran olla con agua sobre un trébede y bajo de ese soporte, sobre la tierra, el carbón de hulla que retiraba de la fragua. Tomaba su carretilla y recorría la huerta. Cosechaba de todo un poco: Chauchas, repollo, lechuga, tomates, sandías, melones, papas… Luego pasaba por la parra y recogía racimos. Si había naranjas, también. Lavaba cerca del pozo esos ingredientes, incluyendo las frutas, los trozaba y volcaba en la olla elaborando una sopa-guiso. Una vez listo ese raro potaje, llamaba a sus hijos y a su mujer (una gringa bajita de ojos verdes) a sentarse en derredor de una larga mesa, todo al aire libre o al cobijo de una galería.

Cuando tenía unos pesos compraba carne vacuna, por lo general asado y el popular pucheroyblando, así, escrito y hablado todo junto, pucheroyblando. Pero el carnicero que hacía el recorrido en jardinera, todos los días, casa por casa (incluyendo la mía) sabía de los gustos del Comegente. Este singular pedido consistía en pesar la carne y estacionarla, en la carnicería, en un cajón, lejos del frío, hasta que el olor era insoportable. Entonces el carnicero subía el cajón a su jardinera y se la llevaba a don Victoriano. Él, esparciendo carbón encendido en la tierra, colocaba una parilla y asaba las costillas del asado como debe hacerse, primero del la’o del hueso. Al calentarse esa carne comenzaban a aparecer del lado blando, una infinidad de gusanos que pugnaban por no morir quemados. El Comegente, baquiano en ese quehacer, daba vuelta el asado y golpeándolo sobre la parrilla hacía caer a los bichos en las brasas. Luego, con normalidad, sentaba a su familia a comer. Ninguno de ellos pudo, hasta hoy, comer un asado si no es de ese modo, o sea, de carne en descomposición. Nadie supo explicarme aquello.

La historia y la canción, Don Comegente, tienen ganado un importante premio, como personaje fantástico, en un Congreso de Antropología realizado en España, año 1997. Además la chacarera cuenta con muchas grabaciones realizadas por intérpretes del país y otros lugares de América del Sur.

EL INGENIO NUEVA BAVIERA, DOS VECES ASESINADO:
Sindicalistas del Baviera en el cierre, 1966Cierre Baviera1º Asesinato:
Fue cerrado en 1966, junto a otras 11 fábricas azucareras, por el ¿inteligente? milico Onganía.

2º Asesinato: Luego se convirtió en chupadero de la dictadura militar, y para borrar tantas muertes    que allí ocurrieron, fue demolido por allá en Demolición1980. Comienza el terror                            












DON COMEGENTE – Chacarera tucumana 
Letra: Néstor Soria
Música: Rubén Cruz Néstor Soria en su casa en Raco

Se ha muerto don Comegente
lo está llorando Baviera
y en el roncar de la fragua
su sangre sigue despierta.

Sobre el lomo de una mesa
descansando largo a largo,
parece un tronco de roble
que los años han talado.

Yo lo recuerdo de mozo
con sus dos metros parados,
dando la espalda a los soles
oscureciendo el sembrado.

2
Le pusieron Comegente
por que su boca tronaba
y se enteraba la villa
cuando en secreto charlaba.

Sus brazos de piedra negra
caricias nunca soltaban
y si palmeaba a un amigo
que Dios le guarde la espalda.

Pero a pesar de su apodo
que a los changos asustaba,
se santiguan las comadres
por que un buen hombre se marcha.

ESTRIBILLO
Ya que una puerta no alcanza
que el cielo abra una tranquera,  
ahí va el gordo Comegente
lo está llorando Baviera


Por Néstor Soria
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Raco, Tucumán 

 

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