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Por Néstor ‘Poli’ Soria (Tucumán - Argentina)
Intenté, por años, el conocer la edad real de esta criolla tucumana. No lo conseguí. Para ella no hubo anotación en libro parroquial y menos en oficina de registro civil. Doña Vital vivió su longevidad, indocumentada. Pero empeñado en darle un sitial en el tiempo, anotaré aquí un par de hechos que rocen la época de su nacimiento.
Comenzaré recordando las mansas tardes en las que aquella mujer, de mirar vidrioso y pelo de caliza, me narraba, como cuentos, el paso de enormes ejércitos por esas dehesas de un Tucumán casi baldío en su juventud: ¡Iban a Santiago del Estero! ¡Volvían de La Rioja! ¡Pasaron por el Pueblo Nuevo! ¡Llevaban banderas en alto! me contaba, como si el asombro aún la arrebatara. Todo para mí, niño imaginativo, era epopéyico, grandioso, heroico. Si mal no me acuerdo, en la ensoñación hasta me vi montado en ancas de la cabalgadura de uno de esos soldados.
Y ya más crecido, fui testigo de lo ocurrido el día de su velorio, acaecido en la década de 1960.
Junto a una chispeante hoguera de regulares dimensiones, encendida en el patio de tierra de su casa, hacia la hora del crepúsculo charlaban animosamente mi padre, que fue el menor de sus hijos, de nombre Néstor Domiciano, y dos de sus hermanos mayores, Evaristo y Armando Raquel. Es dable el decir que los hermanos Soria fueron 11, entre varones y mujeres, y que para entonces 8 ya estaban muertos.
En un momento de esa reunión, que transcurría entre rememoros de anécdotas de infancia y otros dislates risueños, la conversación se encausó hacia un tema que, yo sabía, por haberlo escuchado antes, era recurrente entre ellos: qué edad verdaderamente tenía ‘La mamita’ como la llamaban los tres, con cariño. Que 105 años dijo uno, no, que 108 decía otro, no puede ser, aseveraba el tercero. Y los cálculos variaban sin hallar acuerdos.
Lo único cierto, a esto lo digo yo, es que mi abuela paterna, doña Vital, hasta la fecha de su muerte ya había enterrado marido, hijos, hermanos, primos, quedando acompañada solamente por una inmensa soledad, compañía que ella morigeraba cuando al atardecer, luego de quitarse el delantal de trajinar, se hincaba frente a un Cristo bendito, en su dormitorio, y desgranando las cuentas de un ajado rosario rezaba a sus muertos, nombrándolos uno a uno, con unción de cristiana penitente.
Doña Vital y mi infancia Todos los humanos cuando escarbamos en nuestro pasado y le pedimos a la memoria que nos ayude a narrar un trozo de lo vivido o escuchado, estamos cautivos de ‘la memoria alucinada’.
Explicar el porqué de esto, con lujo de detalles, es cosa de los estudiosos. Yo sólo diré que la información visual u oral que nos llega y nosotros luego reproducimos, al emitirla tendrá variantes pues nuestra mente siempre creará aspectos que nos son personales. He ahí la alucinación. Claro, entendiendo a este término en una de sus fieles definiciones.
A mi abuela Vital la recuerdo, lo digo más arriba, por sus cuentos sobre marciales ejércitos en movimiento. Pero su condición de mujer campesina, era fuerte propietaria cañera del departamento Cevil Pozo, en el este tucumano, la ataba a creencias fantásticas las más de las veces faunas, es decir, a seres que se convertían en horribles animales nunca imaginados por mí. Su vivienda, una austera casa de dos habitaciones de material, estaba rodeada de otros cuartos levantados con paja y despuntes de cañas, donde ella protegía forrajes de gallinas y vacunos y arneses de sus animales de tiro. Era precisamente en esos oscuros rincones, en los que me decía que se escondían esos seres terroríficos. Debo confesar que a tales sitios yo sólo accedía pegado a su costado, casi aferrado a sus faldas siempre grisáceas. Otras veces, traqueteando en una jardinera guiada por un hijo de crianza al que todos llamábamos ‘Papito’, solía llevarme al rancho de ‘doña Catu’, curandera que atendía su salud y, me supo decir, muy mentada como santera para el bien y el mal. De aquella pequeña choza de paredes de suncho embarrado, a donde entraba sola, salía siempre con un liadito de trapo en las manos. ¡Vaya a saber qué ‘preparado’ guardaba ese lienzo, que mi abuela celosamente escondía al regresar, en su dormitorio.
A su lado fumé mi primer cigarro Fue una ceremonia de tos y ahogos. Me había sentado, cerca del pozo, en una silla bajita de las que abundaban en el patio. Era media tarde. Doña Vital, respetuosa de sus ritos y costumbres, como todos los días a esa hora despuntaba a cuchillo, sobre una tabla apoyada en sus rodillas, unas chalas de mazorca para rellenarlas en redondo con picadura de tabaco y granos de anís que cultivaba en un cuadro de su campo. A los cigarros, no más de cuatro por jornada, los fabricaba para su consumo. Durante varios años seguí en detalle los gráciles movimientos envolventes que hacía con sus manos, hasta lograr esos cilindritos tostados que luego iba encendiendo uno a uno, en el bracero. Aquella tarde, estrenando mis 12 años, mi abuela vieja me miró profundamente mientras me ofrecía uno: - Usted ya tiene edad para ronquillar la voz, me dijo. Me sentí un hombre. Tomé ‘el chala’ y atrás de ella lo arrimé al fuego. Aspiré demás, a lo tonto. Al rato, mareado pero inflado de sensaciones nuevas, volé por sobre el campo elevándome más alto que las tipas, los arrayanes y los molles, siempre sentado en esa silla bajita, cerca del pozo.

A VITAL PEDRAZA Poema: Néstor ‘Poli’ Soria (Musicalizado por Rolando ‘Chivo’ Valladares)
Trajina en Pozo del Alto(*) quebrando vidrios de escarcha, la sombra siempre despierta de doña Vital Pedraza y es un tapiz medio-luto la eterna flor de su falda.
Jazmines deja en sus manos la espuma de la ordeñada y aroma su zapatilla el beso de la lavanda, loción que brota en el patio emprolijada a pichana.
Por esos años de niña fue un pañuelito de gasa, rubor azul que entreabría promesas por su ventana y era su amor de rocío mojando la serenata.
Hoy a su paso cansino de ancianidad bien ganada, el largo trago de un siglo le acorta vista y distancia, pero en su boca la vida sigue poniendo vidalas.
Cristo y rosario en las noches, le va rezando a las almas y en su retiro se nota que ruega por despenarlas, erguida sobre sus muertos mi abuela, Vital Pedraza.
(*) Pozo del Alto: Localidad del departamento tucumano Cebil Pozo.
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