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Hace mucho tiempo, una tribu nómada güaraní decidió dejar la región que habitaba de antaño. Un anciano llamado Yar iba en esa procesión en búsqueda de un nuevo territorio, este hombre, ya mayor, no poseía la energía necesaria para seguir al resto de la tribu. La tribu siguió su camino dejando rezagado a Yar, sin embargo, su hija Yarí, no quiso abandonar a su padre y se quedó con él...
El anciano Yar, construyó un refugio y allí siguieron viviendo con su hija Yarí, a pesar de que el entorno era algo inhóspito.
Una noche, un extraño ser se apareció. Su vestimenta les pareció extraña, al igual que su color de piel. El anciano Yar y su hija Yarí recibieron con notable hospitalidad a aquel extraño, ofreciéndoles los mejores alimentos que tenían en su humilde morada.
Aquel extraño ser, había sido enviado por Tupá, el Dios bueno, que quería conferirles un presente milagroso y permanente. El poder mágico del presente permitiría contar siempre con los medios para recibir y atender a sus visitantes; así como a su vez les serviría para mitigar el largo periodo de aislamiento. Así es como Tupá hizo crecer una nueva planta en medio de la tupida selva. Luego, les enseñó a preparar una bebida tónica y estimulante, que pasaría a ser con el tiempo, un símbolo de bienvenida para los huéspedes de la casa.
Tupá ungió a la bella Yari como diosa protectora (Caá Yari) y a su anciano padre como su custodio. Los cuidados y la protección constante que dieron a las plantas, lograron que las plantaciones de yerba mate se multiplicaran de manera infinita.
Y es así como bajo la protección de la joven, que fue desde entonces la Caá Yarîi y bajo la severa vigilancia del viejo indio, que fue el Caá Yará, crece lozana y hermosa la nueva planta, con cuyas hojas y tallos se prepara el mate, que es hoy genuina expresión de la hospitalidad.
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