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Casi empiezo diciendo:”pasó el 31/1 ..”. Algo me detuvo. Pensándolo bien: ¿pasó?. Tengo la sensación que este 31 de Enero, más bien, se nos quedó adentro, muy adentro. Los que estuvimos allí, en Agua Escondida (nunca tuvo tanto sentido el nombre de la casa), fuimos parte de algo muy difícil de describir en palabras. Se dio un “algo” que saboreamos intensamente en forma individual y que todos, a la vez, iban experimentando, en total complicidad.
(Por Alfredo Mateo, desde Cerro Colorado, Córdoba)
Uno tras otro fueron desgranando sus artes los intérpretes. A lo largo de 7 horas, sin interrupción. El público, que estaba también integrado por los músicos que no estaban sobre la escena, silencioso escuchó, aplaudió, se emocionó y festejó cuando el humor estuvo presente. Todo al modo criollo, sin enchufes ni latas estrepitosas, ni sacudidas de bajos eléctricos.
No hubo ni “sachas-hendrix”, ni “sachas-rollings”, ni “sachas-pavarottis”. Nada prestado. Todo propio, herencia de los mayores; nobles maderas acompañando lo que nos permitió una licencia: un teclado que no lastimó la atmósfera reinante. Guitarras lujosas y guitarras criollas. Cantores jóvenes y cantores mayores. Todo auténticamente argentino, sin pedirle prestadas estéticas a ningún modelo importado. ¿Hubo público? Claro que lo hubo. ¿Participó? Claro que participó, con un silencio profundo, ritual, con su emoción, con alguna lágrima, con la sonrisa y con la risa, con el aplauso fervoroso y con el baile espontáneo y natural, no para mostrarse, sino para dar curso a lo que la sangre pedía en ese momento.
Los muchachos del sonido, al principio anduvieron errando el tranco, acostumbrados, como están, a que todo suene fuerte, con el exceso de los graves. Hasta que se les hizo entender que la música es música cuando se la escucha suave y delicada al oído, cuando conmueve la fibra sensible de cada persona y no cuando exacerba los sentidos de todos hasta el punto de fugarse de uno mismo.
No haré una valoración de quienes pasaron por el patio de Agua Escondida.Sí agradecerle a todos los que participaron de una jornada memorable, a los músicos que nos acompañaron con su propio esfuerzo, a los vecinos de Cerro Colorado que nos ayudaron, a Rony Vargas y cadena 3, al Municipio de Río Seco y a la Secretaría de Cultura de la Nación que colaboraron con nosotros.
“Un tiro a favor del pueblo” solía decir el Tata cuando algo le gustaba. Podemos repetir sus palabras: “Un tiro a favor del arte criollo”, sagrado como son las herencias. Sagrado como aquellos que llevamos en la sangre.
Texto: Alfredo Mateo
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